Capítulo 24

Capítulo 24 

 Suave como una pluma (1)

—Todavía se siente extraño—. jadeó bastante lastimosa mientras luchaba por hablar, ocasionando que sonara constreñida. —El aire se está volviendo—, jadeó, —más pesado

Kasser, que todavía la sostenía, la tranquilizó. --—Eso es simplemente normal. Lo estás haciendo bien. — Susurró, sus dedos recorriendo sus mechones de cabello, tranquilizándola con cada caricia

—Te acostumbrarás muy pronto, entonces no tendrás que preocuparte más—. Él continuó. —Piensa en controlar esta energía como algo similar a montar a caballo. 

Ella lo miró, pidiendo más. 

—Con la práctica, aprenderás, y cuando lo hagas, se quedará para siempre

Mientras el rey hablaba con tanta confianza, Eugene no pudo evitar mirarlo boquiabierta en respuesta. Sintió escalofríos recorriendo su columna vertebral con solo escucharlo hablar, especialmente en esa forma anticuada, que solo escuchaba hablar en dramas históricos.

Y en su estado de trance, no pudo evitar soltar ...

—La forma en que hablas es tan diferente ...— Murmuró en voz baja, y las cejas de Kasser se fruncieron en confusión.

«¿Diferente? Siempre he hablado así». pensó para sí mismo antes de negar con la cabeza divertido. 

Eugene podía sentir los retumbos de su pecho mientras se reía en voz baja de ella.

—Ahora creo. Realmente has perdido la memoria. 

Luego miró a Eugene en contemplación silenciosa y su mirada vagó alrededor de su rostro, observando cada pliegue y cada línea suave en su rostro.

Esta último también mantuvo contacto visual con él. Y a medida que pasaba el tiempo y su dolor se desvanecía gradualmente, comenzó a tomar nota de su posición actual; su cabeza descansaba contra su pecho, con sus grandes y cálidos brazos apoyando su espalda, esparciendo su calidez a través de la fina tela de su ropa, que era lo único que separaba su piel de la otra.

Sabía que el rey solo había tenido la intención de ayudarla a calmarse, y eso la llenó de una repentina oleada de cariño por lo que hizo por ella, pero ya no sentía ningún dolor. Ella estaba comenzando a volver a sus sentidos, y lentamente, pero con cuidado, comenzó a desenredarse de sus brazos, colocando tanta distancia respetuosa entre ellos como fuera posible.

«Nunca antes habíamos estado tan cerca. Incluso si fuera verdad el haber perdido la memoria, ¿es posible que una persona cambie por completo?» Reflexionó Kasser.

Decidido a poner la mayor distancia posible entre ellos, Eugene naturalmente lo empujó suavemente y se retorció fuera de su agarre. Pero de repente, mientras ella se concentraba intensamente en retirarse del abrazo, su mano en la parte baja de la espalda la atrajo hacia él.

Eugene dejó escapar un grito ahogado; sus ojos rápidamente regresaron a sus afilados orbes azules. Luego comenzó a parpadear hacia él confundida.

—En otra circunstancia, ciertamente pensaría en ti como en otra persona. 

Él comenzó a decírselo, y ella no pudo evitar tomar aire.

«¡Jaja! Es agudo. Pero, si yo dijera que soy otra persona, él pensará que estoy loca» reflexionó secamente.

—Pero me temo decir que todavía creo que la razón por la que te escapaste del castillo fue porque planeaste no cumplir tu palabra conmigo—. Terminó, mirándola de la misma forma que antes. 

Incluso ante la mención de la posible traición, su voz no falló ni un poco. Kasser conocía la personalidad de la reina. Pero lo que no entendió fue por qué ella eligió vagar por el desierto.

Tan vil como era Jin Anika, sin duda era más sabia que malvada.

—Bien quizás. — Eugene se encogió de hombros, con la esperanza de que estar de acuerdo a medias le impulsara a dejarla ir.

Aún así, ella misma había creado el personaje, sabía cuán astuta podía ser Jin Anika. Anika no dudaría ni en un santiamén en desechar cualquier grado de honor solo para lograr su propósito u objetivo en mente.

Cuando comenzó a asentir inconscientemente para sí misma, en respuesta a sus cavilaciones, comenzó a sentirse bastante desanimada. Pero cuando la expresión de Kasser se transformó en algo parecido a la sospecha, rápidamente se retractó de sus palabras.

—No quiero decir que sí, sino que es una duda razonable—. Ella defendió. 

Él todavía la miraba con los ojos entrecerrados.

—¿Eso significa que lo admites? — le preguntó.

—¿Admitir qué?— Eugene preguntó de nuevo, fingiendo ignorancia, y entrecerró la mirada aún más. Había una advertencia tácita en sus ojos.

—¿Estabas pensando en escapar?

—Dije que no lo recuerdo.

—Entonces no puedo evitarlo—, dijo el rey con resignación. 

Mientras lo decía, su agarre en su cintura se aflojó y Eugene se tambaleó ligeramente hacia atrás.

—Nunca antes me permitiste tocarte. Siempre me he preguntado por qué elegiste someter tal condición en nuestro contrato. Pero ahora que afirmas haber perdido la memoria, parece que nunca me enteraría.

Cansado de todo, Eugene espetó de frustración. —Yo misma no conozco la naturaleza de mi vida—. Luego sonrió con picardía. —¿Quizás, porque Su Majestad no sabe cómo hacer un bebé?

Al instante, Kasser poseyó un rostro más sombrío, si eso era posible.

Este comentario le pareció una provocación superficial. Pero aún así, estaba secretamente molesto al escucharlo.

Nunca se había dejado convencer por el encanto de la reina. Objetivamente, sabía que su belleza era innegablemente notable, pero ella era tan intocable e insensible como una joya exhibida en una caja de cristal. Se sentía fundamentalmente fuera de sincronía con ella.

Pero cada vez que veía a la reina, que había perdido la memoria, se sentía extraño. Ella despertó su interés en el mismo momento en que hizo una expresión que no se parecía en nada a ella. Era la primera vez que supo que su voz, que no tenía rastro de la nasalidad habitual, era agradable a los oídos.

Se las arregló para calmar la parte de su cuerpo que respondió mientras la sostenía y la calmaba hace un tiempo, pero mientras continuaban conversando ahora, su cuerpo comenzó a reaccionar ante ella una vez más, explicando así que su mitad inferior estaba dolorosamente rígida.

Su fuego ya estaba medio encendido y estallaría en una enorme llama indomable si se alimentaba más. Ese deseo suyo, que estaba en contra de su voluntad, lo irritaba muchísimo.

Entrecerró los ojos, frunció el ceño y frunció los labios con frustración.

—Dudas de mi habilidad. Ese es un comentario muy peligroso, Anika.


Créditos

Trad: Moon

Editor: Lalisa



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